Ella lanzaba golondrinas al viento,

Volaban alto y predecían el regreso del verano, un verano que parecía ya no querer alegrar más el entorno en donde ella añoraba días cálidos y de cielo intensamente azul, con ese toque de tranquilidad amodorradita y mimosa, con esa luz del crepúsculo que la invitaba siempre a sentarse allí en ese lugar, desde donde podía mirar sin prisas, como los pájaros regresaban a  las ramas de los árboles a buscar cobijo para las noches, esas noches claritas frescas y plenas de una luna llena hermosa y enamorada.

Ella, si ella, la que siempre soñó con un mundo, donde las pequeñas cosas, esas que solo ella sabía ver, fueran las que llenaran el mundo de alegría y amabilidad, sin mediar presunciones, ostentaciones lujos desmedidos.

Para ella bastaba siempre un sol radiante, un jardín lleno de flores, un árbol amigo donde refrescar el calor del medio día, unos pájaros libes, una semilla germinada, un pasto verde, unos niños remontando cometas en la falda de en frente de su ventana, con sus gritos alegres y sus juegos inocentes y su perro detrás, atento feliz.

Para ella las melodías las traía el viento y las dejaba colar en las ramas de un gran balzo, que acunaba vida, sin pedir a cambio nada.

Ahora ella solo espera, anhela, suspira y está feliz esperando el verano, cantando canciones de mejores tiempos, volcando esperanzas tejiendo recuerdos, amaneciendo auroras, anocheciendo amores y viviendo siempre un presente que para ella es todo.

Tartacha, siempre feliz.