Hace mucho tiempo que no voy al templo, encontré un lugar mejor donde te siento cerca, te puedo ver y te hablo y me contestas.

Los templos en donde desde niña me dijeron que tu habitas, son limitados y pequeños, comparados con la vastedad, de este templo nuevo y viejo en el que ahora se que estás, desde siempre, desde antes de que la mano del arquitecto humano te construyera casas de ladrillo, de cemento.

Antes iba a visitarte cada tanto, a escuchar tu palabra de la boca del que dejaste encargado de esparcirla por el mundo y me sentía bien y en paz y te veía en estatuas de mármol o de yeso y tu expresión siempre era seria, triste y adusta.

Ahora no tengo que encerrarme para oírte, para hablar contigo, ahora te veo en cada cosa que has creado para mi, para todos quienes tienen la suerte cómo yo de mirarte a los ojos, esos ojos que cantan que hablan que te miran alegres, que te llenan de paz el corazón y que bendicen tu vida desde el cerro, desde el canto del pájaro, desde la flor desde su aroma, desde la colina que se alegra con las voces de los niños y que sabe llorar con la lluvia que también lava y restaura lo que tu has creado.

Ahora yo señor, desde el entorno que tu me has regalado te puedo mirar en todo lo que veo y se que desde ahí también me miras, me respondes cuando te pregunto y me llenas el alma y me das luz, fortaleza y esperanza.

Perdón, hace ya mucho que no te visito en uno de esos templos, pero es que me gusta más estar cerca de ti y es aquí, donde te siento siempre, siempre, siempre.